martes, 29 de septiembre de 2015

Ana Comneno, la princesa que no pudo reinar mas que en la historia




Alejo de Bizancio

Las cosas pueden salir como uno espera o no parecerse en nada. Así, cada  día, cada vida, inexorablemente, se marcan por la voluntad pero también por las circunstancias y el azar. De este modo, es el propio devenir el que nos sorprende y obliga a bandear, convivir, amoldarnos a cada nuevo reto y aún así puede que lleguemos al puerto seguro y deseado o no. Con suerte, es posible que trabajemos en lo que nos formamos y gustamos de hacer, tal vez nos ame y apoye quien amamos, y haya días de reconocimiento que compensen aquellos en los que nos olvidan.



Ana Comneno

Cuanto mas se, mas evidente es la falta de reconocimiento de la capacidad de las mujeres a lo largo de la historia y aún cuando ha sido valorada, no es completa ni justa.  
No hace tanto,  empecé a atisbar unas pocas estrellas femeninas de lucidez intelectual, un punto de inflexión que ha devenido en ir descubriendo muchos mas puntos de luz rutilante, que resultan conformar la parte que va siendo visibilizada de lo que permaneció invisible por causas espúreas.
Sólo en época tardoantigua y medieval, desde Egeria, la hispanorromana viajera, Kassia de Bizancio, Hildegar de Bingen, Trótula de Salerno, La Condesa de Día, Cristina de Pizan, y otras muchas que he ido descubriendo y admirando, el goteo es incensante y me siento muy motivada a compartirlo desde estas páginas por lo que supone de justicia hacia su trabajo y como acicate y apoyo a las aspiraciones intelectuales de las mujeres en el mundo.
Una de aquellas es la cultísima princesa  Ana Comneno, que vivió en Bizancio a finales del siglo XI, a la que tampoco le salieron las cosas como ella prevía y que, como tantas otras, nunca conocemos por los libros de texto.


Irene Ducas, madre de Anna

Entre magníficos aposentos, galerías y salones, solemnes recepciones, fiestas magníficas, procesiones y comitivas, salas de mosaicos resplandecientes y tapices de colores imperiales, vivía la familia de Ana. Había nacido allí, en la cámara de pórfido en la que parían las emperatrices de Bizancio. Conocía bien las terrazas y pasillos del majestuoso palacio imperial, levantado al mas puro estilo oriental, imitando los de los califas; pero los avatares de la política cortesana habían acabado llevándola, junto a su madre, hasta un retiro "digno" en un monasterio próximo.
Había asumido ser casada con un hombre de estado a los 14 años y albergaba, como hija mayor, aspiraciones al trono, al carecer de hijos varones su padre. Aprovechó la posibilidad, como princesa heredera de Alejo e Irene,  de formarse en historia, literatura bizantina, geografía, mitología, matemáticas, ciencias y filosofía griega. Estaba, entonces, muy mal considerada la poesía antigua por sus contenidos paganos e inapropiados para una joven mujer; mas su deseo de conocimiento le hizo cómplice de un eunuco imperial que a escondidas de la familia, le ayudó en este empeño.
Con una formación tan completa acabaría siendo considerada una de las mujeres mejor educadas de su tiempo. 


Representación del Palacio Sagrado de Constantinopla, según una miniatura de Skylitzés (Biblioteca Nacional, Madrid)


Lamentablemente, sus aspiraciones de dirigir el imperio junto a su esposo, se vieron truncadas al determinar su padre como sucesor a su hermano Juan. 
Esa efue la causa, no su incapacidad, ni su falta de formación, ni su carencia de sentido del gobierno. Apartada de los designios iniciales, de sus sueños de emperatriz, ya cumplidos los 50 años y habiendo enviudado, con la dignidad debida,  junto a su madre, la emperatriz Irene, se hallaba viviendo en un retiro monasterial. 



La Virgen entre Irene Ducas y el emperador Juan


Fue precisamente entonces cuando se hizo cargo de escribír los 15 libros  que configuran su gran obra, la  Alexiada, un compendio de la historia del reinado del emperador Alejo I, por la que aún hoy se le reconoce y en el que narra la carrera política de su padre desde que tomó el trono hasta su muerte. Esta obra, fue, en principio, una continuación de la historia que su propio marido, Nicéforo Brienio, general e historiador, había comenzado y dejado inconclusa al fallecer.
En esta obra no ahorra en sus propios recuerdos, llegando a transformarlos y aumentarlos.  Su voluntad de narración de las gestas alexianas  ha permitido conocer  el devenir de la política bizantina de finales del siglo XI y principios del XII, pues describe, desde el punto de vista griego, la Primera Cruzada,  las relaciones políticas con occidente,  las tácticas militares y el armamento, contribuyendo, además a conocer la mentalidad y perspectiva  de la sociedad bizantina de la época, incluyendo, ineludiblemente, el punto de vista femenino.


Representación del fuego griego, según una miniatura de Skylitzés (Biblioteca Nacional, Madrid)

La lectura de la Alexiada nos permite reconocer la alarma que la cruzada produjo entre los gobernantes y habitantes de Bizancio, a la llegada de las huestes y señores procedentes de occidente. Recoge una caracterización pomenorizada de algunas de las figuras mas significativas de la élite griega como Nicéforo Brienio y de los dirigentes  militares foráneos como el jefe cruzado Godofredo de Bouillón y el, también caballero cruzado Bohemundo de Tarento, normando del sur de Italia, quien bajo la jefatura de su padre Roberto Guiscardo, había invadido parte del territorio bizantino en los Balcanes en 1081 y de quien, parece ser, estuvo encaprichada. Además, ha permitido identificar a los valacos de los Balcanes con los dacios y los búlgaros con tracios. La datación de los hechos narrados es ajustada, excepción hecha de aquellos que transcurren cuando ya está recluida en el monasterio, un periodo en el que ya no accede de modo directo a los archivos imperiales. De hecho y para su desgracia, su retiro espiritual no era mas que un exilio encubierto impuesto por quienes la querían lejos de la corte.


La Primera Cruzada



Puesto que tengo conciencia de eso, yo, Ana, hija de Alejo e Irene, vástago y producto de la púrpura, que no sólo no soy inculta en letras, sino que incluso he estudiado la cultura griega intensamente, que no desatiendo la retórica, que he asimilado las disciplinas aristotélicas y los diálogos de Platón y he madurado en el quadrivium de las ciencias (debo revelar que poseo estos conocimientos -y no es jactancia el hecho-, todos los cuales me han sido concedidos por la naturaleza y por el estudio de las ciencias, que Dios desde lo alto me ha regalado y las circunstancias me han aportado), quiero por mediación de este escrito contar los hechos de mi padre, indignos de ser entregados al silencio ni de que sean arrastrados por la corriente del tiempo, como a un piélago de olvido; serán éstos todos los hechos que llevó a cabo tras tomar posesión del cetro y los que realizó al servicio de otros emperadores antes de ceñirse la diadema. Ana Comneno



Una mujer culta que había alcanzado “las más altas cimas de la sabiduría, tanto laicas como divinas”. (Jorge Torniques, obispo metropolitano de Éfeso)

¡Feliz semana!




4 comentarios:

  1. Te superas. Muy buen artículo, Consuelo.

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  2. Gracias Ermi, muy constructivo, el ir des-velando las "creaciones", el papel de la mujer en la historia. Muy interesante, que con tu permiso comparto!!

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