martes, 14 de enero de 2014

Peines medievales.







Crecí con unas pocas leyendas, muy pocas, pero de todas ellas recuerdo como si fuera hoy la de la  mora de tez blanca y pelo rubio que peinaba sus cabellos con peine de oro en la entrada de la cueva de la Fuente de la Mora, en el cercano valle del Valcorba, junto a Aldealbar. La mora de la cueva era vista por los caballeros y sin decir una sola palabra enamoraba a los hombres que la veían sin hacer otra cosa que peinar su larga melena. Que el peine fuera de oro no hace sino ahondar en el mundo mágico de los tesoros y las hadas de las cuevas custodias de esas riquezas, tal y como se reconocen en toda la Península Ibérica.



Aquellos seres fantásticos no son los únicos representados en actitud de peinarse. En los bestiarios medievales, las sirenas, mitad mujer mitad pez, son representadas acicalándose con un peine y un espejo en la mano, entre otros elementos.

Sobre asta, marfil de elefante, hueso, diente de hipopótamo e incluso colmillos de mamut o, los mas pobres y probablemente mucho mas cotidianos, sobre simple madera,  los peines son conocidos de uno a otro lado de Europa desde la Prehistoria hasta la actualidad, ya sea entre los sedimentos de un poblado calcolítico  como los Millares, en Almería, Abydos, de la primera dinastía egipcia, el mundo tartésico o púnico de Carmona o Medellín, las ciudades de la Grecia helenística, las del Imperio Bizantino, los castros hispanovisigodos como el de la Ventosa, en Cacabelos (León), las ciudades islámicas, los obispados ingleses y las casas de las ciudades medievales.



Peine visigodo de Cacabelos, fabricado en hueso. Procede del Castro de la Ventosa



Las púas en doble y contrapuesta hilera se fabrican para su uso práctico de aseo, como aderezo y ornato de cabeza e incluso como elementos simbólicos, siendo decorados mediante motivos geométricos simples, otras veces profusamente tallados e incluso pintados.
               
        

Peine medieval completo procedente de Pamplona. Fabricado en madera y decorado con motivos sencillos de carácter geométrico.

La excepcionalidad de la conservación de aquellos fabricados en madera, seguramente los mas utilizados y los peor conservados, radica fundamentalmente en la naturaleza de la materia prima y en las condiciones necesarias para preservar este tipo de material orgánico durante siglos. 
Es el caso de los peines medievales que aparecieron en Pamplona durante la excavación arqueológica realizada en 2005-2006 con motivo de las obras de rehabilitación del Palacio del Condestable en el fondo inundado de la caja de piedra de una noria de sangre,  en el llamado Patio de Pellejerías. Aquellas piezas se conservaron a lo largo de mas de 700 años gracias a hallarse sumergidas en agua y no haber variado sus condiciones a lo largo del tiempo. 
Se trata de tres peines dobles para uso personal, datados en los siglos XII-XIII, uno de los cuales se conservaba íntegro y los otros dos fragmentados, decorados en dos casos con motivos geométricos. 
Estos materiales lígneos que habían permanecido sumergidos en agua durante tanto tiempo  se mostraban blandos y frágiles. Sabedores que su extracción del lugar donde se encontraban depositadas, en un medio anaeróbico, supondría su casi inmediato deterioro y destrucción por  los efectos de la desecación,  las instituciones navarras solicitaron la colaboración con el Ministerio de Cultura para su restauración. Los peines y otras piezas de madera como una copa, se depositaron en los talleres de restauración del Museo Nacional de Arqueología Marítima y Centro Nacional de Investigaciones Arqueológicas Submarinas, en Cartagena (Murcia), especializado en el tratamiento de materiales sumergidos  y donde se llevó a cabo su desalinización, consolidación y limpieza.

Estos peines fabricados para el aseo son muy parecidos a las peinas actuales.
Mientras este caso de Pamplona se realizó en un contexto doméstico, hay otros casos en los que el propio lugar de reconocimiento de la pieza arqueológica nos pone sobre la pista de usos diferentes. 




Tal es el caso del peine que apareció dentro de una caja de madera en la necrópolis de la basílica de San Prudencio, en Armentia (Vitoria), hallado bajo el cráneo, a la altura de la nuca, de la inhumación nº 85, lo que le ha valido su interpretación como pasador o adorno de cabello. Sin embargo, durante la Edad Media fue frecuente la asociación de peines a las figuras de los santos y los obispos otorgándoseles un carácter litúrgico. Conocemos diferentes casos asociados a la consagración de obispos, como ocurre con el objeto de márfil procedente de la abadía inglesa de San Albano, en el que se tallaron, con profusión de detalles, escenas de la infancia de Jesús (la matanza de los inocentes y la visita de los Magos) datado en el siglo XII y que se halla expuesto en el Museo de Victoria y Alberto de Londres,  

 

Parece que se trata de peines cuyo uso simbólico serviría para limpiar la cabeza de los prelados de los malos pensamientos. La sencillez de este argumento no deja de sorprenderme.


En la Catedral de Roda de Isábena hubo dos de aquellos peines litúrgicos, ambos en márfil,  uno de ellos pintado conocido como peine de San Ramón I, que fue robado por el expoliador conocido como Erik el Belga y que nunca ha sido recuperado. En la misma catedral se conservó un peine litúrgico tallado con un sacerdote copto y una gacela comiendo hierba en el reverso, el denominado San Ramón II.



                                                  
                              








Peines litúrgicos de marfil tallado se custodian también en el Museo de la Catedral de Orense, procedentes del monasterio de Celanova. Son conocidos como los peines de San Rosendo, ya que aparecieron dentro de su enterramiento cuando se exhumó a comienzos del siglo XVII. Estos elementos comparecieron junto a su báculo, piezas de ajedrez, etc. Uno de ellos se decora con arabescos en negro y dorado respondiendo a un tipo conocido como siciliano (al igual que el de Roda de Isábena); mientras los otros dos forman parte de una pareja, el uno de motivos calados y el otro tallados; todos ellos han sido datados en el siglo XII.

Pero mas acá de consideraciones litúrgicas, el aseo personal, la necesidad de mantener el pelo limpio y bien colocado, pusieron al alcance de las gentes estos útiles peines o peinas, que en algunos casos, junto a los espejos, son objeto de atención en las representaciones pintadas o esculpidas, al parecer como símbolo de la vanidad y la lujuria.


     
     

Psalterio de Lutrell con una dama acicalándose frente al espejo que sujeta su sirvienta en la que se aprecia espejo, peine y cajita o cofre.


En la colección de cuentos de Aurelio M. Espinosa (2009) que recopila tradiciones orales, se recoge la creencia de que el peine en manos de mujer puede cobrar atributos mágicos. Cuando Blancaflor es perseguida por su padre -el diablo- en el caballo del pensamiento (mientras que ella y su esposo cabalgan el del viento) y está a punto de ser alcanzada, echa en varias versiones hispánicas, entre otras cosas, un peine y así o gracias a ello, surge un bosque de pinos o algo semejante que se convierte en barrera casi infranqueable.  El cuento está sujeto a muchas variantes y está extendido por todo el planeta. 
Hasta tres versiones de esta tradición han sido recogidas en el artículo "Blancaflor en Galicia". Gracias a Rosario Soto, he accedido a estos interesantes datos, quien me ha hablado de historias arcaicas, recopiladas en algún caso en el poemario germánico Edda Mayor, de héroes ultrajados que no vuelven a lavarse ni a peinarse mientras no recupere su honra. 
Carmen Leal, especialista en la Irlanda antigua, me cuenta como en las leyes consuetudinarias irlandesas (Uraicecht Becc), lo más bajo del mundo y de la categoría artesanal era el fabricante de peines. Su precio de "honor" -lo que se le pagaba en caso de ser víctima de algo por lo que hubiera multa- era una becerra añoja o más bien la mitad de media vaca lechera. En otro manuscrito legal (Bretha Némen toísech) es así porque "tiene que disputarle a los perros del albañal el material de su trabajo". 
No hay nada que me guste mas que aprender. Así me lo cuentan y así se lo cuento.


Que tengan una muy feliz semana!






Para ampliar información y fuentes:

museoarqua.mcu.es/web/uploads/ficheros/dossierpeines.pdf

Ortiz de Errasti, Isabel: Reseña de un viejo peine.

"Blancaflor en Galicia", de Mª Rosario Soto Arias e Luís González García. Publicado en: VIR BONUS DOCENDI PERITUS. HOMENAXE A JOSÉ PÉREZ RIESCO. Universidade da Coruña, 2002, pp 433-451

Galán y Galindo, Angel: Los marfiles del Museo de la catedral de Ourense.




10 comentarios:

  1. Interesante y fantastico. Realizar a base de hueso pines como los vistos en esta presentacion debia ser dificilisimo y me imagino que no solo para peinar, si no tambien para quitar bichitos. genial Consuelo

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  2. Gracias Antonio. Un placer y un gusto saber que es de tu interés. la verdad es que como objetos artísticos, los tallados son impresionantes, solo que ami me interesan todos y cada uno de ellos, su significado, su carácter cotidiano o no, su hallazgo excepcional en excavaciones arqueológicas y su conservación. Un lujo histórico. desde luego

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  3. En el folclore contístico el peine en manos de mujer puede cobrar atributos mágicos. Cuando Blancaflor es perseguida por su padre -el diablo- en el caballo del pensamiento (mientras que ella y su esposo cabalgan el del viento) y está a punto de ser alcanzada, echa en varias versiones hispánicas, entre otras cosas, un peine y así o gracias a ello, surge un bosque de pinos o algo semejante que se convierte en barrera casi infranqueable... A mi también me encantó tu artículo, querida Consuelo.

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  4. Gracias Charo. Interesante historia. Ya me la contarás detalladamente pues no conozco este aspecto que mencionas

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  5. Detalladamente no sé si podré en este espacio. Mejor me remito a las fuentes más puras, a la colección de cuentos de Aurelio M. Espinosa (veo que han sido publicados recientemente, en el 2009). El cuento está sujeto a muchas variantes y está extendido por todo el planeta. Un título que se repite es este: "Blancaflor la hija del diablo", creo que en Andalucía había variantes con el nombre de Marisol. En Galicia una servidora, cuando trabajaba en Puentedeume (ahora ejerzo en A Coruña), ha tenido el privilegio de recoger tres variantes inéditas en gallego. Las hemos publicado en un artículo. Si quieres te paso la referencia bibliográfica, aunque ya te advierto que está en gallego. El tema es precioso, y entronca de alguna manera con el mito de Medea y también con la historia de Raquel y Jacob, cuando escapan de la casa paterna. Etc. El folclore, ya sabes, es un poco el rayo que no cesa. Un besote.

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  6. El artículo se titula: "Blancaflor en Galicia", de Mª Rosario Soto Arias e Luís González García. Publicado en: VIR BONUS DOCENDI PERITUS. HOMENAXE A JOSÉ PÉREZ RIESCO. Universidade da Coruña, 2002, pp 433-451. Sobre el tema, estuve recordando que en ciertos contextos más bien arcaicos, el héroe ultrajado jura no volverse a lavar ni a peinar mientras no haya hecho lo posible por recuperar su honra. Así por ejemplo en el EDDA MAYOR, el poemario germano medieval. De nuevo, muchas gracias, Consuelo, por acercarnos a tiempos míticos.

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  7. Una curiosidad sobre peines: según las leyes consuetudinarias irlandesas (Uraicecht Becc), lo más bajo del mundo y de la categoría artesanal era el fabricante de peines. Su precio de "honor" -lo que se le pagaba en caso de ser víctima de algo por lo que hubiera multa- era una becerra añoja o más bien la mitad de media vaca lechera. En otro manuscrito legal (Bretha Némen toísech) es así porque "tiene que disputarle a los perros del albañal el material de su trabajo". ¡Se supone que era de peines patateros para uso cotidiano, no maravillas para un obispo!

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  8. ¡Bonito e interesante artículo! A mí me interesan, también, los objetos cotidianos, pero no puedo evitar el asombro ante ciertas "joyas".

    Saludos!

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    1. Soy arqueóloga, ¡qué me vas a contar! Entender la vida cotidiana en sus dimensiones complejas me parece interesantísimo.
      Gracias

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